La Cuaresma, un AMOR con mayúsculas

Comienza la Cuaresma. Este es un tiempo fuerte, intenso, gozoso. Nos servirá de preparación para la gran fiesta cristiana de la Pascua. Las palabras, las oraciones, los gestos, nos van llevando de la mano a lo largo de la Cuaresma por el camino de la conversión, hasta llegar a la meta de Cristo, y lo único que tenemos que hacer es mirarlo a él. “Fijos los ojos en Jesús”, el que inicia y consuma nuestra fe.
Para la conversión siempre es mejor mirar al positivo que al negativo: el negativo somos nosotros; el positivo es Cristo. Si no hacemos más que mirar nuestros pecados, podemos terminar desesperados, traumatizados. Si miramos la figura de Cristo, con cuyo amor nos hemos de revestir, nos llenamos de entusiasmo y esperanza. Pero no basta mirar a Jesús. Es preciso que Él nos atraiga, nos arrastre, nos empuje con el viento de su Espíritu. Más que ir nosotros a Él, en este tiempo de Cuaresma, somos atráidos por Él.

¿Qué hacemos con la ceniza y el ayuno? En sí no son nada. Hay que mirar el signo y el significado. Las cosas, los ritos, los gestos, no valen tanto por si mismos, sino por el fin para lo que se hacen y por el espíritu con el que se hacen. Es lo que bellamente nos enseña hoy Jesús en el evangelio. La limosna en sí no es nada. La limosna sólo vale si procede de la misericordia y del amor. La oración en sí no es nada. La oración sólo es buena si es fruto del Espíritu que habita en nosotros y del amor. El ayuno en sí no es nada. El ayuno que agrada al Padre es el que se hace desde la humildad y la caridad. Ayunos, oraciones y limosnas, pero no por la mera ley de cumplimiento, sino porque nos sale del alma.

Podríamos escribir en Cuaresma la palabra AMOR, con mayúsculas porque Dios es Amor. Convertirse en este tiempo de Cuaresma es volver al amor de Dios, dejarse amar por el Amor, dejarse guiar por su Espíritu de Amor. Esta conversión, a la que nos llama la Cuaresma tiene que concretarse en una vida de amor y de entrega, ser servicio y donación del corazón. Es decir, que no podemos vivir para nosotros mismos, sino para los demás. Insistamos en este año, en nuestra parroquia de San José, en el dinamismo de la Caridad, en lo irreemplazable de la Caridad, en la urgencia de la Caridad. Como nos recuerda el papa Francisco en su carta cuaresmal: «la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y excluidos de todo bien». Este debe ser un aspecto sobresaliente del apostolado de los laicos.

. Una Caridad generosa. (Semana 1ª) No codiciar cosas, compartirlas. Vencer el consumismo que nos consume y nos estresa. Trabajar para que todos puedan sentarse a la mesa de la creación (Querida Amazonía), con la dignidad de hermanos. Desarrollo sostenible y no depredador.

. Una Caridad cercana.(Semana 2ª)  Salir de nuestra comodidades, acudir a las llamadas de los más pobres. Recorrer los caminos del amor que nos hagan salir de nuestro «yo».

. Una Caridad solidaria. (Semana 3ª) Trabajar por las justicia, denunciar las raíces de las pobrezar, apostar por la justicia, derribar los muros que impiden la fraternidad. Vencer todos los miedos, recelos y prejuicios de nuestra convivencia.  Abrir caminos de humanidad.

. Una Caridad atenta.  (Semana 4ª) ¡Cuántas veces solo vemos lo que nos intetresa! Estamos ciegos para ver la realidad en profundidad y al ser humano maltrecho. Sordos para escuchar sus gritos. Cuaresma tiempo de que el amor cure nuestra ceguera, nuestra sordera… la dureza de nuestra indiferencia.

. Una Caridad vivificadora. (Semana 5ª) Estamos como muertos porque somos fríos, insolidarios, egoístas, insensibles, inmisericordes. «El que no ama esta muerto». Que la Caridad, en este tiempo de Cuaresma, transforme nuestro corazón: un corazón nuevo. misericordioso. Un corazón que sea sembrador de vida para todos. «Nadie tiene más amor que el que da la vida». Un amor que sirve, que regala, que perdona, que se entrega. Un amor que comparte y compadece, que acompaña y dignifica, que libera y vivifica.

Escribamos la Cuaresma con AMOR, un amor con mayúsculas y así será posible, sólo así,  la Pascua del Señor.

 


Para orar: «Si te hicéramos caso, Señor»

Lo nuestro es llenarnos de cosas.
Nos aseguramos teniendo. Nos aseguramos poseyendo.
Vamos al desierto y nos damos cuenta de que así,
con tantas cosas,es imposible caminar.

Nos sobra de todo, nos sobra todo, porque poseemos
y vamos por la vida con lo que no es importante.
Y nos quedamos sin alegría,y nos quedamos sin canto,
y nos quedamos sin vida, y nos quedamos sin aliento,
nosotros que somos vivientes
desde que Dios echó su aliento en nosotros.

Este es el desierto que tanto tememos.
No es que sea más largo el desierto que los demás caminos.
Es que en el desierto la verdad es más desnuda y nos exige podas interiores.

Dios nos lleva al desierto y nos da miedo.
Y nos dan ganas de dejarlo todo plantado.

Si vamos al desierto y recorremos el desierto
tendremos la verdad más cerca, pocas cosas en las manos
y la promesa y el futuro entero en el corazón.
Porque en el desierto siempre hay un camino,
siempre hay una fuente que mana agua de vida,
siempre hay una palabra buena,
siempre hay un Dios que espera.

El desierto invita a ir más allá, a salir de la rutina.
En el desierto hay que roturar el futuro.
Hay que andar a la intemperie.
Hay que atravesar el miedo de la noche.
Más allá, sí, aquí, donde nos hemos estancado,
patinamos y patinamos sin recorrer el camino.
Así no vamos a la tierra nueva.

La Cuaresma es el camino que nos lleva más allá, a la tierra de la libertad.

El camino de salir de nosotros mismos,
el camino de descentrarnos y de hacer del hermano y la hermana nuestro centro.
Más allá nos espera la vida verdadera.
Y sólo la podemos alcanzar si atravesamos el desierto.

Si lo atrevesamos con un AMOR en libertad, transfigurado.