Adviento 2018 – Amanece la ESPERANZA que transforma

Hoy comienza el Adviento. Es tiempo de esperanza, porque es posible un mundo nuevo. Para que esto sea posible se nos pide una actitud de vigilancia y de atención. No debemos permitir que se embote nuestra mente con las realidades mundanas. Debemos levantar la cabeza para poder observar la liberación que se nos ofrece. Los signos que se nos ofrecen alientan nuestra esperanza. Algunos interpretan estos signos negativamente, anunciando catástrofes sin fin por nuestros pecados. Pero Dios nos ofrece la liberación total. Sus sendas, nos dice el salmo, son misericordia y lealtad. El Señor es bueno y es recto y enseña el camino a los pecadores.
Nuestro mundo necesita una buena dosis de esperanza. Contamos con la providencia de Dios que vela por nosotros, pero espera nuestra colaboración. Hagamos posible la esperanza a los que viven desesperados porque su vida ha dejado de tener sentido. Hay muchos cristianos desanimados porque no ven a los jóvenes participando en la Eucaristía, otros se sienten desconcertados ante la falta de valores y la desintegración de muchas familias, hay quien está decepcionado porque ve una Iglesia demasiado instalada, acomodada y alejada del Evangelio. Ante esto optan por la pasividad o por la resignación y niegan cualquier posibilidad de cambio.esperanza-amor

Es cierto que vivimos unos tiempos agitados y llenos de problemas sociales, familiares, económicos… pero el Adviento es un tiempo que nos llena de esperanza, y no me refiero a esas pequeñas esperanzas (que me toque la lotería, que gane mi equipo…), sino a la gran esperanza que Cristo nos trajo con su venida.
Cuando veo a los transeúntes solitarios, andando por las carreteras sin saber a dónde van, pienso en la tristeza y amargura de tanta gente nuestra, de Águilas,  que están a nuestro lado, que viven desesperanzados, sin saber hacia dónde van en la vida, siento una gran tristeza, porque su vida debe ser algo así como un infierno.
El infierno es el lugar donde no hay esperanza, y hay quienes se empeñan en construirlo aquí en la tierra. ¿Quién no ha visto la cara del infierno? ¿No lo has visto en la cara del drogadicto, del emigrante y refugiado, del esclavo del alcohol, de la mujer maltratada, o del anciano en soledad? Son guiñapos humanos con los ojos más tristes del mundo.
Pero el mensaje del Adviento abre una puerta a la esperanza, porque Cristo ha venido a traernos un proyecto de vida, que podemos hacer realidad construyendo un mundo de amor, de justicia y de paz. Pero ¿cómo empezar a construirlo? Pues, sencillamente, uniendo nuestras manos para cambiar si no el mundo, por lo menos si que podemos hacerlo en la familia, en el pueblo, en el entorno social en que vivimos. Para ello necesitamos un corazón capaz de amar por encima de cualquier diferencia.
Cuántas veces no habremos soñado en un mundo ideal, en algo así como un paraíso feliz. Pues bien, es posible. Cristo vino a que le ayudemos a construirlo. Y podemos empezar :

– Por la familia. ¿Por qué no intentar hacer de ella un remanso de fe, de paz, de amor y de alegría? Si quieres, tal vez puedas. Comienza.

– Por el entorno que nos rodea. ¿Por qué ho hacemos algo para que nadie tenga que mendigar por las calles?

En Adviento la Palabra de Dios nos alerta para que nos demos cuenta de que Jesús, el Hijo del Hombre, viene a liberarnos de todas nuestras dudas e incertidumbres. El es nuestra justicia y nuestra salvación.
Tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida.


TEXTO PARA REFLEXIONAR DE San Juan Pablo II

1ª Semana de Adviento: ANHELANTES, ESPERANZADOS Y COMPROMETIDOS

 

En efecto, aunque la visión cristiana fija su mirada en un “cielo nuevo” y una “tierra nueva” (cf. Ap 21, 1), eso no debilita, sino más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente. Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios.

Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural, Y ¿qué decir, además, de las numerosas contradicciones de un mundo “globalizado”, donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana.

(San JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia  nº 20)