Navidad, del Dios invisible al Dios visible

Cristo es la Palabra visible del Dios invisible. Esta Palabra es vida y esta vida es la luz de los hombres. Celebrar la Navidad es celebrar la vida y la luz de Dios en nuestro mundo. Sin la vida y sin la luz de Cristo vivimos en un mundo de tiniebla y desorientación. La vida de Dios, la luz de Cristo, no se nos impone forzosamente, podemos rechazarla. Pero si la aceptamos, si nos dejamos inundar por la vida y la luz de Cristo, comenzamos a vivir como hijos de Dios, como hermanos del mismo Cristo que vive y alumbra en nosotros. Celebrar la Navidad en cristiano es celebrarla como hijos de Dios y como hermanos de Cristo. Esto debe ser para nosotros un motivo de enorme alegría y, también, de enorme responsabilidad. Celebrar la Navidad sin permitir que Dios se encarne en nosotros, a través de Cristo, no es celebrar una Navidad cristiana.


Celebrar cristianamente la Navidad es celebrar visiblemente el amor y la cercanía del Dios invisible. Si Dios es amor, como en muchas ocasiones nos repetirá el apóstol San Juan, en la celebración de la Navidad deberá hacerse visible nuestro amor. Un amor real y encarnado, no un amor invisible y lejano. Y no un amor a nosotros mismos, porque, si fue por amor a nosotros por lo que se encarnó Dios, también nuestro amor deberá ser un amor que se encarne en los demás. Una celebración cristiana de la Navidad nos exige un compromiso grande con el prójimo, especialmente con el prójimo más necesitado. Un discípulo de Cristo y una Iglesia de Cristo que no viva seria y profundamente comprometida con el prójimo, especialmente con el prójimo más necesitado, no celebra cristianamente la Navidad.

Feliz Navidad 2018. Parroquia de San José de Águilas.